Basta con recordar que durante siglos fue perfectamente compatible con la esclavización de hombres y mujeres arrancados de África. Del mismo modo, tuvieron que pasar largos años de luchas sociales y políticas para que la democracia reconociera el derecho de las mujeres al voto como una condición fundamental para la construcción de un equilibrio político más justo. Estos hechos revelan que la democracia no ha sido, como suele presentarse, una forma política plenamente realizada, sino un proceso histórico marcado por tensiones, exclusiones y transformaciones constantes.
Este proceso revela una tensión profunda en la tradición política moderna: la democracia fue pensada sobre la base de un sujeto abstracto, universal y formalmente igual ante la ley, pero desligado de las condiciones materiales y de las historias concretas de los pueblos. En otras palabras, el sujeto que la teoría política moderna imaginó como fundamento de la vida democrática no siempre coincide con los seres humanos reales que habitan las sociedades históricas.
Solo con el paso del tiempo la democracia ha comenzado a comprender que la sociedad se construye en la interdependencia: que los seres humanos se necesitan mutuamente para crear, para destruir y, sobre todo, para avanzar hacia la posibilidad de un mundo común. Un mundo que recupere al ser humano como centro de su proyecto histórico, no necesariamente al “hombre” abstracto de la Ilustración, sino al ser humano concreto que se construye a sí mismo en relación con los otros y con la historia.
La historia jurídica colombiana muestra que la democracia no ha sido un sistema terminado, sino un proceso de corrección permanente de sus propias exclusiones. Desde la abolición de la esclavitud en 1851, pasando por el reconocimiento del voto femenino en 1954 y la ampliación de derechos con la Constitución de 1991, hasta las legislaciones contemporáneas sobre víctimas del conflicto, igualdad de género y matrimonio igualitario, cada reforma revela una democracia que avanza lentamente hacia la ampliación del horizonte humano. Cada una de estas transformaciones evidencia que la democracia colombiana ha sido menos un sistema plenamente realizado que un proceso histórico de ampliación gradual del sujeto político.
En este punto resulta pertinente introducir el pensamiento de Jorge Eliécer Gaitán, quien parte de una concepción del sujeto político profundamente distinta. Para Gaitán, el verdadero sujeto de la democracia no es una abstracción jurídica, sino el pueblo real. De allí su célebre afirmación:
“El hambre no puede ser compatible con la democracia” (Gaitán, 1947).
Esta idea establece un límite crítico frente al modelo político heredado de la Ilustración, representado por pensadores como Immanuel Kant y John Locke. En la tradición ilustrada, el ser humano es concebido como un sujeto racional, universal y formalmente igual ante la ley (Kant, 1785; Locke, 1689). Sin embargo, este sujeto aparece como una figura abstracta, pensada al margen de las condiciones concretas de la existencia: sin pobreza, sin historia colonial y sin las profundas desigualdades sociales que atraviesan las sociedades reales.
Esta crítica encuentra también un eco en el pensamiento de Karl Marx, quien señaló que la igualdad proclamada por el liberalismo moderno es en gran medida una igualdad formal. En su análisis del Estado moderno, Marx sostiene que el reconocimiento jurídico de los derechos no elimina necesariamente las desigualdades económicas que estructuran la sociedad. En consecuencia, la ciudadanía política puede coexistir con profundas formas de dominación social y material (Marx, 1844).
Desde esta perspectiva, la democracia liberal puede garantizar derechos formales mientras persisten condiciones estructurales de explotación y desigualdad. La crítica marxista revela así una limitación fundamental del modelo político moderno: la igualdad jurídica no asegura por sí misma la igualdad real entre los individuos.
Gaitán, en cambio, observa una realidad muy distinta. El pueblo que él invoca está marcado por el hambre, la desigualdad, la exclusión política y la dominación de las élites. Por ello establece una distinción fundamental entre el país político, representado por la élite gobernante, y el país nacional, compuesto por las mayorías populares que permanecen marginadas de las decisiones del poder (Gaitán, 1947).
Por otro lado, pensadores como Frantz Fanon mostraron que el universalismo democrático proclamado por Europa contenía una profunda contradicción histórica. Mientras las potencias europeas defendían los principios de libertad, igualdad y derechos universales, al mismo tiempo sostenían sistemas coloniales basados en la dominación racial y la explotación de los pueblos colonizados (Fanon, 1961).
En Los condenados de la tierra, Fanon describe el mundo colonial como una estructura profundamente desigual y segregada:
“El mundo colonial es un mundo dividido en compartimentos… un mundo cortado en dos” (Fanon, 1961, p. 45).
La crítica de Fanon permite comprender que el sujeto abstracto de la teoría política moderna no solo ignora las condiciones materiales de pobreza y desigualdad, sino también la historia colonial que marcó profundamente a gran parte del mundo.
En el pensamiento latinoamericano contemporáneo, esta crítica ha sido ampliada por Enrique Dussel, quien sostiene que la modernidad europea se constituyó históricamente al mismo tiempo que el proceso de colonización de América. Según Dussel, el universalismo moderno no puede comprenderse plenamente sin reconocer que millones de seres humanos quedaron situados fuera del horizonte de reconocimiento político que Europa proclamaba para sí misma (Dussel, 1994).
Desde esta perspectiva, la democracia moderna aparece marcada por una contradicción histórica fundamental: mientras proclama principios universales de libertad e igualdad, su desarrollo histórico estuvo acompañado por procesos de colonización, explotación y jerarquización de los pueblos.
A la luz de estas reflexiones, la democracia aparece menos como una forma política acabada que como un campo de disputa permanente. Su historia revela tanto sus promesas emancipadoras como sus profundas contradicciones. Durante siglos proclamó la igualdad mientras convivía con la esclavitud, la exclusión política de las mujeres y las jerarquías coloniales.
Las críticas de Gaitán, Marx, Fanon y Dussel permiten comprender con mayor claridad los límites del universalismo abstracto heredado de la Ilustración. Todas estas perspectivas coinciden en señalar que la democracia solo puede existir plenamente cuando reconoce las condiciones materiales, históricas y sociales en las que viven los seres humanos.
De este modo, el desafío contemporáneo consiste en repensar la democracia más allá de su dimensión meramente formal. No basta con la proclamación de derechos abstractos ni con la igualdad jurídica ante la ley si las estructuras sociales continúan reproduciendo desigualdad, exclusión y dominación.
La democracia del futuro no podrá sostenerse únicamente sobre el individuo abstracto de la teoría política moderna. Deberá reconocer al ser humano situado en su historia, en su cultura y en sus condiciones materiales de existencia. Solo entonces la promesa universal de la democracia dejará de ser una idea incompleta para convertirse en una realidad compartida: un proyecto histórico capaz de reconocer en cada ser humano no solo un sujeto de derechos, sino también una vida digna de ser vivida.
Mauricio Lemos Mosquera Olori´ire
Ingeniero en telecomunicaciones, graduado de la Escuela de Artes en el Oficio de Madera. Estudiante de filosofía. Maestro babalawo
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